domingo 23 de octubre de 2011

23-O

Han pasado cinco años y tu habitación todavía huele a lavanda. Por aquí todo está bien, o al menos eso intentamos aparentar. Han cambiado muchas cosas desde que te fuiste. Sustituí el cacao del desayuno por café y cuando estoy triste ya no escucho a Laura Pausini, el primer invierno que pasé sin ti me enamoré de Sinatra. Ahora ya no vamos de vacaciones a la playa. Nos escapamos dos veces al año a Madrid al Petit Palace de la calle Jorge Juan, aunque ahora sólo necesitamos una habitación. Celebramos la Navidad por costumbre y no por ganas; y nunca volvimos a organizar en casa la cena de fin de año. Recogí en cajas los libros de cuentos que me leías por las noches, y ahora la estantería está llena de ejemplares de Vogue, libros de Coelho, Ruiz Zafón y Austen. Sigo viendo Breakfast at Tiffany’s cuando tengo un mal día y mi colección de zapatos ha aumentado considerablemente. El año pasado encontré en el desván tus guantes de piel junto a aquel nomeolvides de oro que solías señalar recordándome que algún día sería mío (cosas que tiene compartir nombre y techo durante catorce años). Sigo durmiendo poco entre semana y levantándome los domingos después de las doce. Me sigue gustando Peñíscola pero no es lo mismo sin tus historias sobre la Transición a la orilla del mar. En lo esencial tampoco puedo decir que haya cambiado mucho. Sí, bueno, puede que esté un poco más desequilibrada, pero en el fondo, dicen que las mejores personas lo están. Llevo demasiadas lágrimas a mis espaldas, pero también risas, besos y miradas que te dan fuerza cada día para seguir avanzando. Me sigue gustando perder el tiempo entre los escaparates del Paseo Independencia y la Calle Alfonso. Y, para terminar de ser sinceros del todo, no me gustan los hospitales desde aquel día en el que mi madre me miró a los ojos en la sala de espera y me dijo: “Tenemos que estar ahí hasta el final”. Y eso es lo que hicimos.

Estés donde estés. Te queremos y te echamos de menos. M.

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